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Inclusión financiera llega a comunidades indígenas

  • Redacción central
  • 19 sept 2016
  • 8 Min. de lectura

Juana Navi Puntaca, quien no sabe leer ni escribir, se echa a llorar en las puertas de una oficina bancaria en Rurrenabaque que le niega por segunda vez el pago de su Bono Solidario (Bonosol).

Los 59 ancianos de su aldea, San José de Uchupiamonas, que está en el corazón del Parque Nacional Madidi, en el norte de La Paz, corrieron la misma suerte y muchos, dice ella, murieron sin tener en sus manos esa "gran fortuna".

La mujer – quien lleva en su rostro un siglo de tristeza – no sabe cuándo nació pero asegura que era joven cuando el Ejército sorteó ríos y selva, llegó a su pequeña comunidad y se llevó a su padre como combatiente para la Guerra del Chaco (1932-1935).

En sus manos aprieta dos documentos que su nieta le arranca por la fuerza: una cédula de identidad y el carné del Registro Único Nacional, que señalan que nació en 1923.

A la puerta de la Cooperativa de Ahorro y Crédito (Catri) llegó para cobrar el beneficio que otorga el Estado a todos los bolivianos mayores de 65 años.

San José de Uchupiamonas, rodeado por un bosque primario donde abundan aves y mamíferos, se ubica entre las provincias Iturralde y Franz Tamayo del departamento de La Paz, a 50 kilómetros al oeste de San Buenaventura y en el pequeño caserío habita el pueblo de Juana – descendiente de los poderosos Toromonas – considerado “altamente vulnerable”.

Desde su aldea hasta Rurrenabaque o San Buenaventura, dos pequeñas ciudades rurales asentadas a orillas opuestas del caudaloso Beni, sólo se puede llegar navegando en canoa, primero por el Tuichi y luego por aquel gigantesco río.

El viaje, si hay buen tiempo, dura entre seis a ocho horas. Entre noviembre y marzo, sin embargo, las lluvias provocan que la travesía por las embravecidas aguas superen las 14 horas.

Navi, encorvada y empequeñecida por los años, ha vencido al poderoso Beni, pero no a Catri.

En la Subprefectura de Rurrenabaque y la comuna de San Buenaventura las quejas de Navi y de más de 150 ancianos, de otras comunidades indígenas, están contempladas en los libros de registros que sólo dan fe de las denuncias.

“En diciembre de 2006 era el cumpleaños de Juana. Lágrimas del corazón recorrieron los surcos de su centenario rostro cuando murió, agotada por el tiempo, en marzo de ese año”, relató su nieta, Sandra Limaco.

El Estado y Catri tienen una deuda pendiente con Juana Navi Puntaca.

No es un martes cualquiera

Seis años y medio han transcurrido desde la muerte de Juana y en otra reserva natural boliviana, al norte del hogar de la anciana Uchupiamona, en la inagotable llanura del Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (Tipnis), indígenas de una veintena de comunidades Yuracaré, Mojeño Trinitario y Tsimané se han reunido por primera vez.

Es el martes 25 de septiembre de 2012 y no es un martes cualquiera para Santo Domingo. Ubicado a 160 kilómetros al suroeste de Trinidad, capital de Beni, el pequeño, caluroso y húmedo caserío, cubierto de árboles y espesa vegetación, es el principal núcleo de asentamiento indígena que se emplaza como puerta de entrada al Tipnis.

Sin servicios básicos ni energía eléctrica, con apenas un puñado de viviendas de madera y techo de hojas de jatata y motacú, la comunidad de Santo Domingo, que por siglos transcurrió sus días a la ribera del cansino río Sécure, recibió ese día la visita de la Presidente de Estado en ejercicio, Gabriela Montaño, brigadas del Servicio de Registro Cívico, Servicio General de Identificación Personal y funcionarios de una institución bancaria.

La comitiva oficial entregó en el caserío Mojeño Trinitario a más de 150 personas de los tres pueblos que habitan el Parque – entre ellos mujeres, niños y ancianos ­– su certificado de nacimiento, cédula de identidad y dinero de los subsidios de maternidad, renta de vejez y bono escolar.

En las 69 comunidades del Tipnis, un área protegida de 12.363 kilómetros cuadrados que comparten el norte del departamento de Cochabamba y el sur del Beni, las formas de vida de hace tres siglos se mantienen inalterables y su gente aún vive de la caza, la pesa y la recolección de frutos, el trueque forma parte de una rutina cotidiana.

En un mundo como ese, 1.820 bolivianos por maternidad, 2.400 bolivianos por renta de vejez y 200 bolivianos de bono escolar, es mucho dinero.

“Siete familias de Santa Rosa del Sécure”, recuerda su corregidor, Gilberto Roca, recibieron esa “gran fortuna”. La misma frase – “Gran fortuna” – la utilizó también Juana Navi.

A todas las comunidades del Tipnis llegó el beneficio estatal y tras la inédita entrega, particularmente en las del Beni, se realizaron asambleas comunales.

Respetando sus usos y costumbres, las familias del norte del Parque decidieron en cabildo el destino del dinero.

Gran parte de ellas, confiando en sus corregidores y autoridades, optaron por la apertura de cuentas bancarias individuales y mancomunadas en Trinidad.

Por esos días, la escasa población del Tipnis no poseía una cuenta bancaria, no sólo por su pobreza, sino también debido a la distancia, los costos de traslado a la ciudad capital y la falta de documentos personales.

“La idea, en un principio, era sólo guardar el dinero en un lugar seguro, donde no se destruya”, indica el corregidor de Nueva Natividad, Miguel Mosua.

Haroldo Nosa, de Villa Hermosa, cuenta que la costumbre en las comunidades era, hasta entonces, “juntar” el poco dinero que obtenían – por la venta de alguna artesanía o producto agrícola a las haciendas vecinas de la reserva – escondiéndolo dentro de un envase, ocultándolo debajo de la cama o enterrándolo bajo tierra.

En todos los casos, el resultado era el mismo: deterioro progresivo del papel moneda debido a la intensa humedad de la región, dejándolo inservible.

Así que el peligroso esfuerzo de caminar por tres, cuatro o cinco días por la selva hasta las haciendas ganaderas más cercanas para vender un quintal de arroz a diez bolivianos o intercambiarlo por un kilo de sal, eludiendo al peligroso “lagarto” y evitando la mirada de fuego del “tigre”, era simplemente “inútil”.

La inédita combinación de casualidades –recibir dinero, descubrir donde guardarlo y contar con cédula de identificación–­ permitió a los indígenas de tierras bajas de Beni acceder al sistema regulado bancario, a los fondos financieros privados, mutuales y cooperativas.

No es extraño que ahora los depositantes en cuentas bancarias del amazónico Beni lleven apellidos indígenas como Cueva, Nosa, Moye, Fabricano, Jou, Semo, Mosua, Guaji, Guayacuma y Muiba.

Es el tiempo de los pueblos

La banca ofrece en Trinidad y en los municipios rurales de Beni, aunque aún no en idioma originario, información a los ciudadanos indígenas sobre microcréditos y productos, absuelve consultas de saldos y desembolsos, orienta sobre formalización de créditos, capacita en temas de retiro de cajas de ahorro, envío de giros, compra y venta de moneda extranjera y paga, además, los bonos Juana Azurduy y Renta Dignidad.

Con esos servicios, por primera vez, asegura el dirigente de la subcentral Tipnis, Carlos Fabricano, los pueblos indígenas de la reserva, en su doble condición de Territorio Indígena y Parque Nacional, se sienten parte de la sociedad civil organizada.

“Con la nueva Constitución y la refundación del país, se ha incorporado en la banca los derechos de la mayoría indígena, marginada de la vida republicana”, comenta el joven dirigente quien, como enfermero que recorrió por varios años el Tipnis, conoce de cerca la realidad indígena.

“Es el tiempo de los pueblos”, asegura Fabricano.

Y es que es una época distinta a la que vivió Juana Navi Puntaca, cuando ella con lágrimas en los ojos se quejaba que una cooperativa de ahorro y crédito le cerraba las puertas con explicaciones tan complejas que ella no comprendía.

De acuerdo con estudios recientes de Global Microscope, Bolivia está entre los diez países del mundo con mejores condiciones para ampliar el acceso a servicios financieros en poblaciones desatendidas.

El ministro de Economía y Finanzas Públicas, Luis Arce Catacora, recordó públicamente que el Estado Plurinacional ha hecho de la inclusión financiera una prioridad desde la aprobación de su actual Constitución Política del Estado en 2009.

Bajo el marco constitucional, según la autoridad de gobierno, la normativa hizo que se avance sistemáticamente en la cobertura financiera, tanto poblacional como geográfica, en todo el país.

En función de esa nueva política existe mayor número de depositantes, cuentas bancarias y centros de atención al cliente en remotas zonas rurales.

Y según informes de la Autoridad de Supervisión del Sistema Financiero (ASFI) y la Asociación de Bancos Privados de Bolivia (Asoban), en la actualidad el sistema financiero cuenta con más de 2.800 puntos para atender a casi 5 millones de ciudadanos y canaliza recursos económicos para un millón de prestatarios.

Los depósitos del público en la banca nacional, según datos de la ASFI, llegan a los 16.000 millones de dólares.

Las tasas de interés para créditos, señalan informes de Asoban, se inscriben como las más bajas de la región y, en esa línea, la mora está entre las más pequeñas de la historia bancaria boliviana.

El gobierno admite que los sistemas financieros incluyentes contribuyen a reducir la desigualdad de ingresos y respaldan el crecimiento económico.

En esa línea, la función que realizan los diferentes intermediarios financieros es un elemento fundamental para que los recursos en la economía del Tipnis se transfieran de manera eficiente hacia los proyectos más rentables, la mayor parte de ellos muy pequeños.

No más trueque

En las comunidades del Tipnis los jefes de familia producen, apenas para sobrevivir, arroz, maní, maíz, yuca, caña, cacao y plátano. Las mujeres, en tanto, apoyan a la economía del hogar con el tejido de hamacas y la confección de artesanías.

Si cuentan con canoa, al que los indígenas llaman “casco”, y motor fuera de borda, las comunidades se organizan y transportan sus productos hasta Trinidad para comercializarlos a mejor precio que en las haciendas ganaderas.

En su viaje, de hasta dos semanas ida y vuelta, sortean –por las embravecidas aguas de los ríos Sécure, Ichoa, Isiboro, Mamoré e Iténez– cachuelas, palizadas y arenales.

Todos aportan para la compra de combustible y aceite para el “casco”.

En Trinidad venden, por lo general, gran parte de sus productos. Una parte del dinero, los excedentes, se depositan en las cuentas bancarias personales y familiares.

Con la extensión de los servicios financieros al campo, los comunarios del Tipnis tienen la oportunidad de ahorrar su pequeña ganancia económica en bancos u otras entidades financieras y obtener un pequeño interés.

Además, con el tiempo, esos ahorristas tienen la oportunidad de acceder a créditos, sobre todo para emprendimientos agropecuarios.

Otra parte del dinero se invierte en provisiones de productos básicos para el hogar como la sal, manteca, papel higiénico, jabón y sandalias.

Y las mujeres artesanas aprovechan para comprar hilo en madejas, a 200 bolivianos, para hilar en viejas ruecas sus hamacas y venderlas luego en 700 bolivianos.

En la expansión del acceso a los servicios financieros, ellas han sabido aprovechar las oportunidades de la capacitación que brindan algunas firmas bancarias en materia de microempresa y pequeños emprendimientos.

En la inclusión financiera –que es el acceso a un conjunto de productos y servicios que incluyen crédito, ahorro, seguros, educación financiera y protección al consumidor– las mujeres saben, a través de la información, que es posible a mediano plazo acceder a créditos en condiciones acordes a su realidad y gozar de un periodo de gracia antes de comenzar a pagar el crédito.

La inclusión de mujeres indígenas en el sistema financiero es clave para ampliar el impacto que tiene su trabajo en la economía comunal.

"Es importante, como siguiente paso, generar herramientas en su propio idioma”, comenta optimista la diputada indígena del Tipnis, Ramona Moye.

Sin duda, la apertura de sucursales bancarias en zonas indígenas de la Amazonía ha tenido consecuencias en la economía local y las comunidades rurales se conducen hacia una integración económica y financiera.

Las comunidades del Tipnis –rodeadas de extraordinaria diversidad de flora, con sus bosques vírgenes de mara y cedro, de palo María, jatata y tajibo y sus palmas de Asaí– transcurren sus días aisladas del mundo. Hoy, sin embargo, han descubierto un enorme potencial para mejorar la calidad de vida de sus habitantes.

* Los autores son periodistas

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