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Wiphala o no wiphala

  • Jaime Iturri Salmón
  • 4 mar 2018
  • 2 Min. de lectura

El Príncipe de Dinamarca frente a la calavera del bufón hubiera dicho “Esa es la cuestión”. Él es joven. Estudia en la Universidad Católica y vive en la zona Sur. Participa activamente con su novia de las marchas que demandan “el respeto al voto del referéndum del 21 de febrero de 2016”. Y por todo ello, salió a las manifestaciones gritando a voz en cuello “Bolivia dijo No”. En fin, como tantos otros.

La diferencia es que él enarbola una wiphala, la otra bandera nacional de los bolivianos. De pronto en la marcha comienzan a recriminarlo: que esa insignia es masista, que es un invento de Evo y patatín patatán hasta que se la arrebatan. Unas pocas personas se solidarizan con él y hasta esgrimen que la suya es una marcha democrática.

En pequeño, esta historia nos muestra el drama de los opositores. Tienen una sola consigna de unidad: su antievismo. Pero después están los que comprenden que el país ha avanzado y habrá que mejorar lo que Morales hizo; y, por tanto, levantan la wiphala como un símbolo de adscripción de la mayoría nacional. También están (y mucho me temo que son los más) quienes niegan todo esto y quieren volver a los tiempos donde los indios eran buenos para mensajeros y empleadas domésticas.

No es un detalle menor, pero es pequeño todavía. La oposición debe pasar de quejarse a proponer. Y aquí estarán las mayores dificultades, porque hacer organización no es fácil. Ahora que son cuatro gatos en el Parlamento ya se están matando, imaginémonos para hacer una fórmula para las elecciones. Está claro que prefieren ir solos para ver si el segundo logra entrar a la segunda vuelta y todos lo apoyan. Pero las ilusiones pueden caerse si Evo logra más del 40%. Hay en la oposición una tendencia aún más suicida: la enarbola la periodista Amalia Pando, quien dice que, si Evo se presenta a las elecciones de 2019, la oposición no debe presentar candidato. Una locura, porque si algo realmente puede hacer la derecha hoy por hoy es evitar que el masismo tenga dos tercios en el Parlamento. Si no van, el camino estará allanado para la izquierda masista.

Quedan 13 meses para presentar candidatos. Samuel ya ha dicho que va. Pero los tiempos son cortos si las plataformas quieren tener sus propios representantes en la papeleta. Puede pasar que los llamados movimientos ciudadanos no lleguen a ponerse de acuerdo y se atomicen entre los varios candidatos de derecha. Puede que, aunque haya un solo candidato de la oposición sea un representante del viejo régimen y, por tanto, tampoco sea bienvenido entre los jóvenes. En fin: to be or not to be. William estaría muy feliz al comprobar lo suyo; la vida entera es un inmenso escenario.


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