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El sueño de la razón produce políticos

  • Foto del escritor: pridecompridecom
    pridecompridecom
  • 18 feb 2018
  • 4 Min. de lectura

El sueño de la razón produce políticos

por: Homero Carvalho Oliva

Para bautizar esta columna parafraseé el título de un grabado del pintor español Francisco de Goya: “El sueño de la razón produce monstruos”, y así adecuarla a la ocasión festiva de esta semana. Y es que anoche tuve un mal sueño, soñé con el carnaval de los políticos que dura todo el año, pero que en estos días celebra su preste en tres intensos días, cada quien celebrando a sus propios santos/diablos.

En mi sueño o pesadilla, mejor dicho, vi al inefable Casimiro Olañeta vestido de Rey Momo presidiendo el corso nacional vistiendo el disfraz de Dos caras, el enemigo de Batman; detrás de él venía el cholo Andrés de Santa Cruz, muy elegante con su uniforme de príncipe europeo, intentando ocultar su pasado indígena. Como salido de una caricatura aparecía Mariano Melgarejo montado en Holofernes, su blanco y amado corcel, atusaba su negra barba y con sus negros y malignos ojos observaba perversamente a los “miracorsos”; agarrada de la cola del caballo venía su hermosa amante repartiendo condones a diestra y siniestra.

Le seguía la comparsa un grupo de viejas solteronas enmantonadas, que hacían de plañideras rezando al Tata Belzu, pidiéndole que les consiga marido, aunque sea un escritor desempleado imploraban. Detrás de ellas venían los militares que carnavalearon en las guerras del Pacífico, del Acre y del Chaco, todos unos veteranos que jugaban con pistolas y chisguetes de agua y se lanzaban globos como si fueran granadas; un camión caimán les precedía cargando vinos, cervezas, jamones, chicha, mote y chuño que no invitaban a nadie.

La más ingeniosa, que despertaba muchos aplausos, porque sus integrantes no necesitaban disfraces ni antifaces, era la comparsa de la Revolución Nacional en la que se destacaban un mono, un conejo, un pepino con cara de diablo y orejas puntiagudas a lo Mister Spock y un dandy de bigotito bien cuidado, pinta de sultán y pucho en la boca, dueño de la comparsa COB, repartía besos entre las damitas del palco oficial que se derretían a su paso. Esta comparsa traía su propia banda y bailaba al ritmo de la canción “En el puente de la Villa/ hice un juramento…”, un grupo de milicianos acompañaba la música disparando su fusiles Máuser.

Atropellando a los curiosos entró la auténtica comparsa “Dictadores”, ingresaron a codazos y entre ellos, al cual más aguerrido, se disputaban la primera fila, había un petiso cabezón que no se cansaba de gritar que era no era de la comparsa de Dictadores, sino de la de Acción Demócrata Nacionalista, que estaba allí por error. Un milico con cara de caballo y apellido de mesa se jactaba de que él si era Dictador, y que no le daba vergüenza; mientras tanto un gordo con cara de sapo repartía testamentos bajo el brazo; a su temible paso, las niñas y niños no sabían si esconderse o llorar.

Los más entusiastas y alegres carnavaleros eran los de la multicomparsa “Demócratas en general”, que se peleaban entre ellos intentando demostrar quién era el más auténtico y sacrificado demócrata que merecía ocupar la gigantesca “Silla presidencial” que iba entronada en un carro con la alegoría de un palacio quemado. Si bien venían en tropa, cada uno de ellos tenía sus colores partidarios y un pequeño séquito a quien tomaban lista para que nadie falte.

Sentarse en la Silla presidencial parecía un juego, pero no lo era porque la pelea por ocuparla era terrible, se ensuciaban con tinta de tinterillos, polvo blanco de las estrellas y calumnias de todo tipo. Como si fuera un carrusel se sentaban un conejo, un mono, un gringo altanero y soberbio y al rato un gallo chamuscado le hacía capuja invitándole a Sevilla; mientras un joven bufón se la pasaba rimando patatas con latas (aclarando: no es que hable en verso, sino que es la forma como converso) y un solmene historiador, que estaba de mosquetero los observaba de reojo buscando un momento oportuno para sentarse en la Silla y luego renunciar como un disco rayado. Un gordito con cara de Toby, heredero de Superman (recuerden el coqueto robacorazón que lucía el padre de nombre Max), regalaba cerveza en lata. Otro gordito de barba muy cuidada, lucía muy serio y parecía que estaba en un velorio en vez de en una entrada carnavalera; el pobre parecía tan desubicado como chulupi en gallinero. Detrás de ellos, haciéndoles morisquetas y burlándose de los blancos k’aras, venían un elegante aymara con apellido español y cara de Tupac Katari y un joven y canoso playboy, al que no se le movía el copete, arrastraba una carretilla repleta de libros de Maquiavelo y los repartía gratuitamente como si fueran confites, anunciando que en los próximos días no saldría el sol porque los pecadores habían mentido.

Pasaron todos ellos y, por fin, pude apreciar a quien era la dueña de todos mis deseos y sueños carnales: la Reina del Carnaval, quien llevaba solamente un zapato de vidrio esperando que aparezca su príncipe azul.

Cuando desperté, el carnaval todavía estaba allí.


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